Ética en
situación de guerra
Ezequiel Eiben
21/9/2012
5 Tishrei 5773
Una sola ética
La ética para situaciones especiales debe ser como un brazo de la misma ética
que se utiliza para la vida en general. El hombre no debe tener dos o varias
éticas distintas, sino una sola ética, desde la cual valorará las variadas
situaciones que se presenten frente a él. Los principios básicos siempre deben
ser los mismos, y no debe alterarlos o adulterarlos de acuerdo a los diferentes
contextos en los que se encuentre. Lo que sí debe hacer es adaptar su
aplicación mediante un análisis contextual. Así, el hombre evitará
contradicciones, dobles discursos, y choques de valores mutuamente excluyentes.
De modo que en el tema que nos convoca, más que hablar de una ética de la
guerra, hay que hablar de una ética (la única) en
situación de guerra. En este caso, al explayarnos sobre un fenómeno
de enormes proporciones, en el que los protagonistas son individuos conformados
en organizaciones, países o Estados
,
necesariamente tendremos que hablar por momentos a nivel de grupo; pero nunca
entendiendo a un grupo social como una entidad supraindividual, por encima de
sus miembros, sino siempre observándolo como la suma de sus individuos, como la
cantidad dada de sus integrantes.
Dos alternativas
En líneas generales, hay dos grandes alternativas éticas entre las
cuales tendrá que elegir un país
para conformar el código de valores de su ejército: el egoísmo y el altruismo.
El
egoísmo es la preocupación por el
propio interés, que conlleva la consideración del hombre como un
fin en sí mismo y no como medio para los
fines de los demás. El
altruismo es
el posicionamiento de los demás por encima de la propia persona, o del interés
de otros por encima del interés propio, que acarrea la consideración del hombre
como
medio para los fines de otros.
La diferencia entre ambos códigos morales es crucial, y las aplicaciones que se
derivan de uno y otro llevarán a resultados completamente distintos. Tan
determinante es la distinción, que puede simbolizarse como la línea que se
traza entre la vida y la muerte. Egoísmo y altruismo son contrarios, opuestos e
irreconciliables. El encargado de delinear las ideas que regirán los
movimientos de un ejército tendrá que optar irremediablemente en esta
disyuntiva, y el éxito o fracaso de sus fuerzas armadas dependerá de ello.
Altruismo
¿Cómo opera un ejército que ha elegido al altruismo como código moral? En la
práctica, ¿cómo se ven reflejadas sus premisas?
En primer lugar, el ejército no solo depende de la moral que haya abrazado,
sino también de la ética adoptada por el Estado del cual forma parte. Un Estado
altruista lo enviará a pelear guerras que no son de su interés, porque actuar
acorde al interés propio situándolo por sobre el interés de los demás es algo
típico de los egoístas, y estos últimos son condenables a sus ojos. Por lo
tanto, la defensa estricta del interés nacional
que tuviere ese Estado no sería un determinante para pelear, sino los intereses
de
otros. Así, un Estado altruista
escogería ayudar a otros, poniéndolos por encima, viéndolos como valores más
altos que la propia conservación.
¿Qué sucede entonces con el ejército? Se convertiría en una banda militar
compuesta por
seres sacrificables y
sacrificados que no actuarían por el interés real de su nación (de los
miembros de su nación, se diría con mayor precisión desde el egoísmo
individualista) sino por el cumplimiento de objetivos de otras naciones.
El propósito mismo de un ejército, que es la defensa de su país, queda de esta
forma desvirtuado; este es reemplazado por la “defensa desinteresada” de otro
país, y a veces por lo que es peor, el “ataque desinteresado” contra otros en
beneficio ajeno. Los soldados así serían medios para los fines de otros. Lo que
reinaría sería el espíritu de
sacrificio.
Llegados a este punto conviene realizar una aclaración. Un ejército agresor, al
iniciar un ataque, muestra un perverso código moral, queda inmediatamente
descalificado su objetivo, y ese comienzo de la violencia es repudiable desde
nuestra ética. El propósito no es analizar aquí a este tipo de ejércitos que
responden a fanatismos y totalitarismos estatales, sino a aquellos que pueden
tener una causa justa o un motivo válido para luchar pero que eligen la moral
equivocada para hacerlo; o bien evaluar aquellos que siendo víctimas de una
agresión inicial terminan pervirtiendo sus medios y fines, por tomar decisiones
políticas que traicionan a los que deberían ser sus objetivos máximos. De tal
manera, a partir de este momento pasaremos a considerar al ejército altruista
siempre en la posición de grupo militar de defensa.
Ahora bien, no siempre el ejército altruista caerá en la situación de pelear
guerras ajenas. También se da el caso en que un Estado altruista tenga que
defenderse de agresores o invasores foráneos, o bien tener que pelear en otras
tierras porque las circunstancias del combate han llevado a eso. Es decir,
tendríamos la situación de un Estado peleando una guerra propia. Aquí la
premisa básica debería ser
defenderse.
¿Esto de por sí implicaría una corrección moral en el rumbo del Estado en
cuestión? No necesariamente, si el ejército lleva a la práctica sus teorías
altruistas y funciona como tal. Por más que el combate fuera de
autopreservación, y que el Estado quisiera sobrevivir, las ideas erradas
controlando las fuerzas armadas llevarían a hacer sacrificios. Surgen en este punto
preguntas: combatir ¿a qué precio? Sobrevivir ¿a costa de qué? Un país
altruista o con dudas sobre sus objetivos al entrar en combate, obtiene malos
resultados o inferiores a los que podría haber alcanzado de tener las cosas
claras. La meta de un país puede ser salvarse, pero si su ejército emplea
tácticas que exponen innecesariamente a sus soldados en aras de preservar
ciertos intereses enemigos,
realiza
sacrificios. En un ejemplo práctico, el altruismo que ve en los hombres
seres sacrificables para preservar intereses ajenos, que sacrifica valores
mayores por valores inferiores, hace que en una misión en la cual se podría
bombardear una base enemiga, se envíen efectivos terrestres para evitar
supuestos daños colaterales. Así se exponen a los propios soldados a las balas
enemigas cuando aviones podrían haber hecho el trabajo con mayor eficacia y
menor riesgo; se sacrifican hombres enviándolos a una probable muerte para
preservar otras instalaciones que forman parte del enemigo pero que no se
querían dañar (aún cuando si se dañaran sucediera de manera involuntaria e
indirecta); y el valor mayor para un ejército que son los propios combatientes
es puesto por debajo de
algo menor o
de algo que
no es un valor, como son
en este caso los enemigos. La perversión en la escala de valores de las fuerzas
militares que pretendan congraciarse con la ética altruista muestra en
definitiva las repugnantes conclusiones de querer sobrevivir como país a costa
de la muerte innecesaria de sus miembros, y de combatir a un precio elevado
cuando la reducción del mismo y la eficiencia en el cumplimiento de la misión
están al alcance de la mano (pero la mano no se estira para alcanzarlos, para
no molestar “indebidamente” nada más ni nada menos que al enemigo agresor).
Egoísmo
Ha llegado el momento de preguntarnos por el ejército que actúa bajo las
premisas del egoísmo racional. A semejanza del orden seguido para lo dicho en
el subtítulo del altruismo, lo que primero debemos mencionar aquí es que un
ejército que responda al código ético del egoísmo debe contar dentro del marco
actual, en primera instancia, con un país que también lo haga. De tal manera,
el Estado solo se enganchará en guerras que sean
necesarias para la preservación del interés nacional
(entendiendo éste como protección de derechos de los ciudadanos), y se dejarán
de lado batallas en las cuales no haya
nada
para ganar o conservar y
algo para
perder. Es el propio interés de la nación el que debe determinar si es
necesario o no guerrear contra enemigos. La defensa estricta del interés
nacional será la defensa estricta del país. No se peleará por el interés de
otros
a costa del propio, ni se
incluirán de modo altruista metas en el propio interés que afecten y desvirtúen
la escala de valores. El alto valor de la autopreservación no cederá frente a
“ayudas desinteresadas” o asunción de compromisos con otros que pongan en jaque
la seguridad nacional.
Entonces, ¿cómo describimos a este ejército egoísta racional? Es un grupo
militar que se entrena y pelea por la defensa del país, compuesto por personas
que son fines en sí mismas y no bestias sacrificables, cuya máxima aspiración
es la realización del interés nacional y no el interés ajeno. En él, reina el
espíritu de
autodefensa y
autoestima.
De modo que reafirmamos que un ejército egoísta racional es un ejército
defensivo cuya
causa justa es la
preservación de los derechos de aquellos a quienes representa. Este ejército no
pelea en guerras ajenas que no tengan que ver con el país, y de las cuales no
se puedan esperar resultados beneficiosos pero sí se puedan reportar
perjuicios. La premisa básica es la
defensa,
refiriéndonos a ella en términos
filosóficos
(observando los
hechos de la realidad),
ya que el ejército egoísta no inicia agresiones o amenazas, sino que responde
frente a las mismas ejecutadas en su contra. En términos de
estrategia, el ejército no es defensivo,
en el sentido de recluirse dentro de las propias fronteras, no avanzar cuando
puede hacerlo, caer en la pasividad y renunciar a una respuesta letal contra el
enemigo. Por el contrario, el ejército egoísta marcha hacia adelante, atacando
y disuadiendo a su rival de continuar su ofensiva.
El empleo de ideas correctas para cumplir con la defensa permite satisfactorias
respuestas a los interrogantes sobre el precio del combate y los costos de
sobrevivir. El precio del combate que se paga es el necesario, dentro de la
consideración racional, para sobreponerse y obtener la victoria; los costos de
sobrevivir, nunca son más elevados que el costo que implica la muerte por
negligencia o impericia, la desaparición, la derrota de irrecuperables y
catastróficos efectos. Las teorías aplicadas por el ejército en su proceder,
que van en consonancia con el código moral expuesto, permiten tener la
oportunidad de alcanzar óptimos resultados, superiores a los que pretende un
ejército altruista. La salvación del país como meta, se encauza en un empleo
táctico y estratégico según el cual el intento de salvación de los soldados es
un tópico sumamente contemplado. No hay sacrificios altruistas arriesgando
innecesariamente a los propios efectivos en aras de no perjudicar el interés
del enemigo, siendo este último interés precisamente el de acabar con el país.
Además, el agresor es
culpable e
irracional por definición, y no puede
ampararse en razones sino en
excusas
ilegítimas, por lo que la preservación del interés enemigo no debe ser un
impedimento o un freno para que la víctima despliegue sus fuerzas con el fin de
protegerse. Como sucede con un individuo que es atacado por otro y debe actuar
en legítima defensa, para el ejército racional la protección del país es un
imperativo moral, y ningún valor
inferior o interés fuera de su escala puede hacer que se mueva de su objetivo.
De ahí que su cumplimiento va de la mano de tácticas y estrategias que, como se
dijo, no comprometen inútilmente a los encargados de conseguirlo. No hay
soldados sacrificados. El ejército egoísta elige su mejor opción, y actúa para
conseguir sus metas y reducir o evitar costos (que en la guerra se miden nada
más ni nada menos que en vidas humanas). En la práctica, reconociendo la
legitimidad de la autodefensa y afirmando que los destrozos son a cuenta de
quien inició la agresión, prefiere el bombardeo seguro a una instalación
enemiga antes que el sometimiento de soldados terrestres al riesgo de sufrir el
irreparable daño de perder la vida por cuidar que el rival no sufra un supuesto
“daño de más”. La
mayor eficacia y el
menor riesgo del avión son motivos
que se tienen en cuenta a la hora de preparar el procedimiento. La preservación
de los propios efectivos, y la elección de las mejores estrategias para la
victoria (no solo aunque sean más destructivas, sino
precisamente por ser así) demuestran la rectitud en el código ético
del ejército en cuestión. Las conclusiones alcanzadas por esta visión son
lógicas y legítimas: la defensa del país y la protección de sus ciudadanos se
alcanzan mediante procedimientos que salvaguardan precisamente a los encargados
de tan importante misión. Se considera a los soldados como personas integrantes
del país a salvar y por lo tanto
dignos
de preservación, en vez de verlos como animales de sacrificio; se los reconoce
como merecedores de ser dirigidos a través de métodos que busquen cuidarlos
dentro del contexto de un
razonable
riesgo asumido, en vez de mirarlos como si debieran cuidar ciertos
intereses del enemigo aún a costa de arriesgar la propia vida por algún tipo de
“corrección política”
.
¿Cómo sería pedir la defensa de un país y no pedir por la seguridad de los
miembros que están encargados de ella? El país orgulloso y egoísta sabe que la
mejor forma de proteger su interés es por medio de la acción
eficaz.
Principios
La ética, para cumplir exitosamente su propósito de enseñarle al hombre
las conductas que requiere su existencia, debe basarse en
principios objetivos. Nos asentamos en la ética objetivista de la
ilustre filósofa Ayn Rand, por ser la que logra identificarlos y enunciarlos.
En palabras de la autora: “El patrón de valores de la ética objetivista, la
norma por la cual uno juzga qué es bueno y qué es malo, es la vida
del
hombre o, en otras palabras, aquello que se requiere para la supervivencia
del hombre como tal” (1).
La ética en situación de guerra, como brazo de la misma y única ética
individualista, egoísta y racional que proponemos, esta apoyada sobre la base
de los mismos principios morales contextualizados para la ocasión. Las normas
del código moral son las formulaciones abstractas de los principios que van a
servir como reglas para guiar las decisiones de los hombres. Ahora veremos la enunciación
de ellos
y su desarrollo en la situación de guerra.
1) Principio individualista: El
hombre debe preocuparse por su propio interés. El hombre debe fijar sus
propias metas de acuerdo con su propio criterio racional. Sus acciones deben
estar encaminadas a lograr sus valores, y él debe ser el
beneficiario de las mismas.
Es menester una transición lógica entre la moral del hombre individual y la
moral de un grupo (formado por una cantidad de hombres individuales), en este
caso un grupo militar. El ejército debe fijar metas valiéndose de su propio
juicio, debe obrar para conseguir el triunfo, y beneficiarse al conseguirlo. El
propósito del gobierno (de existir uno) debe ser la protección de sus
ciudadanos (de su vida, libertad y propiedad). El ejército, como fuerzas
armadas y de seguridad dentro de la órbita del gobierno, debe encaminarse por
lo tanto a cumplir la función de defensa de los derechos de aquellos que se
encuentran bajo su manto protector.
2) Principio social: El hombre es
un fin en sí mismo, y no un medio para los fines de otros. El hombre vive
por y para sí mismo, y no es un animal de sacrificio constreñido a satisfacer
deseos ajenos. Por lo tanto, primero que nada debemos traspasar este principio
al hecho básico antes de la guerra que es la constitución de las fuerzas
armadas. El ejército, siguiendo esta línea, debe ser
voluntario. Un ejército forzoso integrado por soldados que no
quieren pertenecer a ese grupo militar es una violación del principio por
imponer
servidumbre involuntaria. Si
la voluntad del hombre es pertenecer al ejército, puede hacerlo y es una
decisión moral; si se lo obliga a formar parte contra su voluntad, se lo está
tratando como un medio para los fines de quienes lo someten a la servidumbre y
eso es una inmoralidad.
En conexión con lo anterior, el respeto por el valor de la libertad individual
del hombre es ineludible a la hora de conformar las fuerzas armadas de un país.
El hombre debe ser
libre de elegir si
quiere pelear. No debe ser coaccionado a hacerlo. Y si pelea en un ejército
racional, lo hace para defender su libertad en base a un principio rector de
justicia. No pelea por causas que impliquen esclavizar inocentes, asesinar a no
agresores, o invadir otros pueblos que vivan en libertad.
Considerando ahora el principio a nivel nacional, las guerras en las que se vea
inmerso el ejército tienen que ser para cumplir un objetivo racional de
protección del país por el cual pelean los soldados. El ejército que pelea una
guerra en la cual no hay ningún interés de su país en juego que merezca
protección (y nuevamente: entiéndase esto como intereses de los ciudadanos),
está siendo un medio para los intereses de otros.
El ejército compuesto por hombres libres, debe pelear por la libertad de su
país, o la libertad de otros países en tanto y en cuanto haya un interés
racional por alcanzar en esto último.
3) Principio político: Ningún
hombre tiene el derecho de iniciar el
uso de la fuerza física contra otro. Aquí el valor en juego para la víctima
de un ataque violento es la
autodefensa.
El hombre que es agredido tiene el derecho a repeler la agresión y defenderse
legítimamente. Cuando alguien pretende su destrucción, la legítima defensa es
un imperativo moral en aras de la conservación de la propia vida.
El ejército que practica el egoísmo racional, subrayamos nuevamente, es
filosóficamente hablando un ejército defensivo.
Su misión es proteger al país y población que representa. Su imperativo moral
es la conservación de las vidas a su cargo, tanto de la población defendida,
como de los combatientes que lo integran (dentro del señalado marco de riesgos
asumidos y responsabilidad individual al aceptar ser parte de un grupo militar
en el cual la vida se pone en juego).
Aplicación
La aplicación de estos principios en el campo de batalla, logrando unificación
de teoría y práctica, hará que el ejército obre de manera virtuosa (entendiendo
la virtud como la acción para la obtención y conservación de valores). El
ejército egoísta va a desarrollar su plan de acción con apoyo en las siguientes
conclusiones lógicas a las cuales se llega de las premisas sostenidas:
1)
No se puede jugar a la defensiva
contra los enemigos. Se debe llevar la guerra sobre ellos. Este principio
es enunciado por el Dr. Yaron Brook (2). Aquí apuntamos a que las fuerzas
armadas de un país no deben esperar guardadas fronteras adentro a que los
enemigos la ataquen en su propio territorio, porque eso es una fórmula para la
derrota y el fracaso. Llevar la guerra sobre los enemigos es mostrar una imagen
de fortaleza, una actitud de no reclusión: deben ser los oponentes que amenazan
o atacan quienes sufran los daños materiales de la contienda y quienes
retrocedan ante el avance del ejército egoísta racional. Esto no es solo una
posición moralmente sostenible sino que el hecho de salir de la pasividad y el
encierro importa beneficios estratégicos para conseguir el éxito militar.
El argumento moral es que la guerra fuera de las propias fronteras implica
cumplir con el propósito de protección de los derechos de los ciudadanos, al
evitar que la destrucción llegue al país y amenace sus vidas y propiedades. La
evitación de daños materiales es un aspecto fundamental y necesario en la
preservación de la integridad del país, respecto de personas y bienes. Además,
es importante impedir estos posibles menoscabos también desde el costado
psicológico y anímico, para que los propios ciudadanos no tengan que vivir
aterrorizados y paralizados esperando que una bomba o misil estalle sobre sus
cabezas, y para prevenir que el pánico generalizado no inmovilice la actividad
productiva.
La pelea no iniciada debe ser
llevada al
territorio enemigo porque los civiles del país agredido no merecen sufrir
la violencia comenzada por quienes pretenden su exterminio. Los daños que se
produzcan en las tierras donde el enemigo agresor se asienta,
son a cargo de este por haber iniciado
la contienda. Hay una gran diferencia entre víctima y victimario: no es culpa
de la primera que el segundo haya desatado la agresión y haya decidido así
poner en riesgo su propia población
al haber asumido una eventual
respuesta
del agredido.
El estándar de valor es la propia vida, por lo tanto en la escala de valores
del país la protección de la propia población debe encontrarse en lo alto. De
allí que la conservación de la vida y la existencia del país deben conseguirse
por medio de una defensa radical de los valores.
2)
Se debe causar el máximo daño que sea
necesario al enemigo y procurar que no hayan bajas propias. El principio de
la retaliación, implica que la fuerza se utiliza como
represalia y solo contra quienes iniciaron su uso. La legitimidad
en este caso del empleo de la fuerza proviene de su carácter defensivo contra
el inicio de una agresión. Ahora bien, ¿cuál es la medida en que esa fuerza
debe emplearse?
En una guerra, el enemigo agresor de un país busca dañarlo. Desprecia los
derechos de los ciudadanos atacados, lo que equivale a negar su humanidad. El
enemigo comete lisa y llanamente una violación contra los derechos
individuales. Como la base moral de los derechos es la propia
naturaleza del hombre (y el enemigo
también se compone de hombres capaces de entender los principios éticos
objetivos), la inmoralidad de la agresión a otros hombres constituye una
negación de la naturaleza en la cual se
asientan los derechos; esto incluye como derivación lógica la negación del
enemigo de su propia naturaleza humana. Por ende, el enemigo no puede
moralmente ampararse en la naturaleza humana que ha decidido corromper. Los
agresores
no reconocen el
derecho a la vida de otras personas y atentan contra ellas, ergo pierden la
posibilidad de resguardarse en su propio derecho a la vida, que ha sido
desvirtuado. Es el agresor, y no la víctima, quien niega derechos con su obrar,
por lo que es el agresor, y no la víctima, quien no puede alegar la humanidad
negada. Nadie puede invocar para sí un
derecho que no está dispuesto a respetar en los demás: en este caso, el
derecho fundamental a la vida. Es así que se arriba a la conclusión de que el
enemigo debe ser dañado, y más concretamente, debe ser destruido. Ha perdido los derechos que tenía desde el momento en
que decidió convertirse en un violento negador de derechos. Debe ser dañado al máximo, como retribución por su obrar
criminal, como castigo por su conducta antihumana, como respuesta por los
derechos que negó. Y debe ser dañado todo
lo que sea necesario, a los fines de detenerlo: primero contrarrestando sus
ataques, segundo haciendo que cese la agresión, y tercero impidiendo su
reconstitución para agresiones futuras. Este daño completo, máximo y necesario para
garantizar la propia seguridad, implica la destrucción del enemigo. La
eliminación de su capacidad de agresión, la eliminación de toda la estructura
desde la cual amenazó o causó efectivamente daños. Como no puede ampararse en
la vida como derecho, la medida del uso de la fuerza como retaliación en la
guerra permite llegar al punto de liquidar
al agresor.
El procurar que no haya bajas propias
es consecuencia de la norma de protección de los propios soldados y civiles del
país con el propósito de resguardar sus vidas. Los civiles y sus propiedades
son estrictamente objeto de protección
de un ejército, y reiteramos que los protectores (soldados) también deben
quedar a resguardo de exposiciones innecesarias dentro de su riesgo asumido al
formar parte de un grupo militar. Como se dijo, un ejército racional no
sacrifica sus propios efectivos en beneficio de quienes promueven la
hostilidad. Si un ejército no protege todo lo posible a sus civiles, no cumple su función, mancha la razón de
su existencia, y es una indigna entidad que deja a la población a merced del
enemigo. Es más, se transforma indirectamente en colaborador de los objetivos de este último, por no oponer la
debida resistencia. Si un ejército no resguarda dentro del contexto estratégico
la integridad de sus soldados, y por el contrario los coloca en un compromiso
prescindible con posibilidades de sufrir daño enemigo, traiciona a sus miembros y termina complementando el trabajo del
enemigo, que es el de maniobrar para provocar bajas, permitiendo que esas bajas
sucedan. Ni un solo soldado del bando
propio debe caer por causa de operaciones altruistas o cobardes que buscan
preservar en cierta medida al bando ajeno, en lo civil o militar. Ni siquiera
por civiles políticamente
dependientes del enemigo debe sacrificarse un solo
soldado propio.
3) A la guerra se entra para ganarla. No
para transigir, que es perderla. Movilizar un ejército para entrar en
combate tiene que tener un solo propósito: el
triunfo. Este debe entenderse como el cumplimiento de la misión de ganar la guerra. La nombrada misión debe
ser ambiciosa, incluyendo el objetivo de destruir al enemigo.
Quién esté a cargo de fijar las metas militares del ejército defensivo debe
reconocer el hecho de que vidas humanas dependen de él, y de que la única forma
en que la actuación de los soldados sea provechosa y ellos no se transformen en
mártires que dan su vida en vano, es que la intención y acción estén dirigidas
al triunfo. Es preciso aclarar que las vidas humanas dependientes de su
planificación son las de los soldados y civiles propios; las vidas de los combatientes y civiles del ente agresor
dependen de este último, y la destrucción que recaiga sobre ellos es de su
responsabilidad por haber iniciado la violencia.
Si el país participa en la guerra, el objetivo planteado entonces debe ser el
de hacer cesar el daño o eliminar la amenaza de destrucción
causados por el enemigo, erradicando su capacidad y potencialidad bélica. El
país debe ir en busca de sus metas, en busca de la obtención de los valores que
requiere para restablecer su situación de paz
y seguridad. El riesgo que se asume en la guerra, puede solo ser
recompensado con la victoria. Si no se entra a una guerra para ganarla, los
soldados son utilizados meramente como carnada para otros objetivos oscuros,
que seguramente no serán dados a conocer al público por la autoridad debido a
su inconveniencia política. Si se da este
desagradable caso mencionado, las pérdidas en vidas humanas y la destrucción
material del país, no habrán sido el precio de un triunfo destinado a ponerle
fin a la agresión que seguiría provocando devastación de no haber sido frenada.
Serán consecuencias negativas pagadas sin la obtención del resultado positivo
necesario. Las estrategias que no apunten a dar lo mejor del ejército para la
defensa del país, dejan abierta una posibilidad mayor de perder, y no
precisamente por superioridad del rival, sino por la mentada “corrección
política”, cobardía o altruismo de los propios dirigentes.
Transigir en la guerra con los objetivos
del enemigo, es equivalente a perder. Es dar aceptación y tolerancia a sus ambiciones de destrucción. La batalla
moral se pierde de arranque con semejante posición, desde la cual se le brinda legitimidad a los reclamos del enemigo. Si
el agresor niega la humanidad de la víctima, el consentimiento de esta última
respecto de los reclamos del primero avala su propia deshumanización. La
batalla militar planteada en consecuencia llevará a los resultados negativos de
que mueran los propios soldados en vano,
no por una causa justa de eliminar la fuente de amenaza existencial, sino para
contener brevemente y ponerle paños fríos a la agresión. Transigir es consentir
y rendirse frente a los daños
ocasionados por el rival, a la par que se le otorga un cheque en blanco para
que continúe con confianza su agresión a la espera de una nueva transigencia de
quien ya demostró debilidad, falta de autoestima e incapacidad para desarrollar
una categórica autodefensa. Transigir es la traición
a los propios soldados, a la propia población, al objetivo de protección del
país. Es traición a los principios éticos. El único propósito de entrar en
combate, para no cometer traición moral a los que participen y a los que
dependan del resultado dentro del bando propio, debe ser ganar la guerra.
Conclusión
La
coherencia de un individuo, y de una cantidad de individuos reunidos en un
grupo, exige una sola ética basada en principios innegociables. El ejército como organización armada de defensa de
un país, debe asentar su conducta en un código moral contextualizado para la
situación de guerra que se base en el egoísmo
racional: la preocupación y defensa del propio interés del país que
representa. El ejército debe estar compuesto por soldados voluntarios, que prestan su consentimiento a la actividad y metas
militares del mismo, y que dentro del marco de la organización son considerados
personas con derechos, fines en sí mismos, y no animales sacrificables
sometidos a servidumbre involuntaria. Este ejército es de defensa del país, no inicia agresiones inmorales, sino que actúa
contra los daños o amenazas de daños iniciados por enemigos. Que sea un
ejército de defensa en términos filosóficos (con referencia al hecho de la
realidad de que responde a la violencia en vez de iniciarla), no implica que en
términos estratégicos actúe a la defensiva, sino que por el contrario buscará
avanzar posiciones, moverse de manera ofensiva, alejar la guerra del propio territorio y trasladarla al territorio enemigo. Cuando entra a la guerra, el
ejército egoísta racional lo hace para ganarla.
La transigencia con el enemigo es la traición de su razón de ser. La protección
de los derechos individuales de los ciudadanos del país, es el objetivo sobre
el cual no hay flexibilidad
posible.