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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Cambiemos y el debate presidencial

Cambiemos y el debate presidencial
Ezequiel Eiben
16-17/11/2015

Yo soy liberal, y Cambiemos no lo es. Por ende, si ganan la elección, no espero Liberalismo por parte de ellos, al menos en alta graduación.

Lo que espero es que vuelvan principalmente dos cosas: La República, y la decencia. La primera tiene que ver con la división de poderes, la justicia independiente, la libertad de prensa, no usar al estado para fines partidarios. La segunda, es parar con la confrontación por la confrontación misma desde el poder, parar la corrupción escandalosa, y la militancia ladrona. Con que Cambiemos logre esto, el "cambio" será sustancial. 

En el debate ya se vio parte de esto. Quien no respetó los tiempos, y no condenó tiranías anti-republicanas; y quien se ajustó a las reglas preestablecidas, y propuso alejarse de los peores regímenes del planeta. 

Es verdad que no se respondieron preguntas, pero hay una diferencia. Scioli no respondió nunca a preguntas concretas de Macri. En cambio Macri no respondió a preguntas capciosas precedidas por más falacias por parte de Scioli; responder implicaba entrar en su juego de etiquetas. Además, Macri si habló en parte de lo que Scioli le atribuía maliciosamente, dejando en claro que el candidato oficialista no sustentaba sus afirmaciones.

Ahora analicemos los análisis. Lo que se dijo sobre lo dicho en el debate.

En Argentina se confunde lo que es ser objetivo con el tener que quedar bien con ambas partes.
Si uno acuerda en todo con una parte y rechaza absolutamente la otra, es tildado de no objetivo por incapaz de ver algo bueno en esta última. 

Pero ser objetivo no es forzarse a ver virtudes donde no las hay. Ser objetivo es analizar racionalmente, apegado a los hechos y eliminando en la mayor medida posible arbitrariedades. Si hay una parte 100% correcta y otra 100% equivocada y esto es señalado racionalmente, no es falta de objetividad. No hay obligación de concederle algo a la otra parte. 

Hoy escuché varios periodistas intentando "mediar" en el análisis del debate. Diciendo que Scioli estaba nervioso pero Macri también, que Scioli fue agresivo pero Macri también, etc. Como si por cada una que se mandaba Scioli había que anotarle una Macri, o por cada una de Macri había que reconocerle una a Scioli. Todo en aras de ser "objetivos" según la visión de quedar bien con todos. Así no se la jugaban para decir quién ganó desde su criterio. 

Desde mi visión, Scioli hizo el ridículo y rozó el papelón en más de una oportunidad, y golpeó a Macri únicamente con el tema trapitos (tema en el cual el kirchnerismo tiene su responsabilidad, por lo que fue una maniobra artera). Fuera de eso no tuvo mucho más que ofrecer. 

¿Eso me hace "no objetivo"? ¿Tengo que terminar en el medio de los dos para no ser tendencioso? No. Los hechos son los hechos, y aquí hubo un nervioso, un gritón, uno que no respetó los tiempos, y uno al que le dieron un aplauso trucho al final fuera de lo permitido para construirle un final épico a lo que fue una presentación mediocre. Este fue Scioli.


Ganó Macri.

martes, 30 de diciembre de 2014

En el nombre del bien común

En el nombre del bien común
Ezequiel Eiben
31/7/2014


Estoy muriendo. Me quedan pocos minutos de esta miserable vida y quiero aprovecharlos para reivindicar, en la medida de lo posible, mi existencia.  Por eso escribo estas líneas, con mis últimas energías, para maldecir a la generación presente con toda mi furia, y alertar a la generación futura, si es que habrá alguna, con el dolor de la experiencia. He sido, como se decía en el ambiente, un hombre de derecho. Inmerso en la agonía que apaga mi tenue y débil luz, considero insultante que alguna vez se me haya llamado así. No lo merecí. Mis camaradas, tampoco. Los hombres de derecho asesinamos a la humanidad. La vimos caer, lentamente, y no acusamos recibo hasta que fue demasiado tarde, hasta que el último espasmo y el respiro final anunciando la muerte coronaron nuestra paupérrima actuación. Los hombres de derecho, valga la paradoja, traicionamos al derecho. Lo manipulamos hasta que dijo solamente lo que queríamos escuchar envueltos en una ambición de poder tan horrorosa y espeluznante como el vacío de irracionalidad que se abrió en nuestra mente. No tenemos perdón, ni nos da la cara para pedirlo. Mejor que nadie sabemos lo que hicimos, y la responsabilidad que nos cabe en el desastre. Permítanme que les cuente, en medio del suspiro de despedida, nuestro derrotero. Todo comenzó el día que cruzamos la primera línea. El día nefasto en el que conscientemente cometimos la traición básica, madre de todas las traiciones: violamos el principio  fundamental, la razón de ser de aquello a lo que nos dedicábamos. Ese día, hicimos lo peor: nosotros, académicos, abogados, políticos, jueces, profesionales de la ley, sabíamos que el derecho era solo un medio para alcanzar el sagrado valor justicia; pero aquella jornada lamentable, consideramos al derecho como un fin en sí mismo. En un asunto político importante que nos desvelaba, no obtuvimos lo que quisimos, y decidimos tergiversar el sentido del derecho para obtenerlo. Sin mirarnos a la cara, con furibundos gestos de implícita complicidad inconfesable en voz alta, nos pusimos de acuerdo y manoseamos la ley. Todos colaboramos: el académico elaboró la abstracción mediante un enredo semántico que la hizo sonar científicamente correcta y moralmente aceptable. El legislador la transformó en ley obligatoria. El abogado se valió de ella sin dudar en su reclamo para obtener su objetivo a pesar del razonable pedido de inconstitucionalidad de su colega contraparte. El juez falló aceptándola sin siquiera molestarse en evaluar su constitucionalidad. En conjunto, habíamos dado el peor paso hacia el infierno en la Tierra, el peor de los escenarios posibles. El derecho ya no servía como instrumento para las personas en búsqueda de justicia y paz; ahora solo era una fuente de poder que detentaban los que lo creaban y los que lo aplicaban. Ese día abrimos la puerta, y a partir de eso, el resto solo fue cuestión de tiempo. Una vez que nuestras mentes se desviaron del camino, cada vez costó menos dar pasos en la dirección equivocada aun a sabiendas de que los dábamos. Habíamos sepultado nuestra integridad, rendido nuestra rectitud, escondido nuestra honestidad, excusado nuestra debilidad, y aprobado nuestra maldad. Un coctel de inmoralidad que hubiese liquidado a cualquiera. Y en nuestro caso, el resultado está a la vista. Liquidamos a la humanidad. La reacción en cadena de nuestro pecado se desplegó como la bola de nieve que va creciendo cuesta abajo arrasando con todo lo que encuentra a su paso, inclusive los árboles más firmes de la montaña; aquellos que parece que ningún vendaval podría mover de su eje. Comenzamos a acumular poder y más poder, porque el derecho ya no apuntaba a la justicia, sino que era su propio norte. Surgió la regulación por la regulación misma, y no dejamos de notar que así dominábamos al resto. Quien poseía la fuente de la regulación, controlaba a los regulados. Y como nosotros mismos éramos quienes elaboraban los mecanismos de defensa de los regulados, otorgándoles vías de protesta para efectuar peticiones ante la autoridad (cuya composición también estaba copada por nosotros), convertíamos a dichos mecanismos en meras apariencias, sin efectividad real. Eran una ilusión, no podían afectarnos. Y así, nos transformamos en el horripilante monopolio del uso de la fuerza que sometió al mundo. Fuimos el Leviatán contra el cual nosotros mismos advertimos en un momento de la historia. Nótese: no nos importó; éramos un monstruo devorando a diestra y siniestra, y no nos importó. La peor parte, es lo que invocamos a la hora de justificar ante el público nuestro obrar. Aquél juego de palabras vacío que nos servía para engañarnos a nosotros mismos cuando un atisbo de cargo de consciencia surgía desde las oscuras profundidades que cubrían las mazmorras de nuestras cabezas. Aquella excusa que nos permitía fingir honrosas explicaciones entre nosotros, cómplices del asesinato, para no admitir los resultados. Todo lo que hacíamos, lo hacíamos en el nombre del bien común. No éramos otra cosa que una casta de ladrones enquistados en el poder absoluto, y nuestro código de aprobación para evadir la realidad y justificar el propio proceder y el del camarada de al lado, consistía en la apelación hasta el absurdo del bien común. Nunca nos molestamos en definir concretamente qué era el bien común, y en eso radicó el secreto de nuestro triunfo para imponernos con relativa facilidad. Evidentemente, nuestro bien no era el bien de nuestros dominados, y no había un bien común entre nosotros: los hombres de derecho eran el poder y el sometimiento a la esclavitud; el resto eran la debilidad y la esclavitud. En el nombre del bien común cometimos las peores atrocidades que se puedan imaginar; y no hubo defensa válida contra la vorágine imparable que desplegamos, porque no se podía combatir aquello que no estaba definido, aquella vaguedad conceptual que se fundía en una maraña de explicaciones inservibles que remitían a lo no demostrado, lo no probado, a la arbitrariedad misma. Impusimos la noción del bien común, los esclavos cayeron en nuestro juego y la aceptaron, luego intentaron redefinirla pero no pudieron. Ya habían perdido desde el momento en que la habían aceptado; a partir de dicha aceptación, habían entrado en nuestra cancha, y allí se jugaba con nuestras reglas. Por supuesto, perdían. La única manera que tenían de ganar, el rechazo total a nuestra trampa, la habían desperdiciado asumiendo nuestra premisa básica. De esta forma, el bien común fue el bien de nosotros, y el mal de ellos. Hicimos lo que quisimos con el derecho. En un mundo de paz las contribuciones voluntarias destinadas a financiar servicios sociales ostentaban un profundo significado moral de aporte libre para la defensa propia y de la comunidad. Nosotros no queríamos tal mundo. Eliminamos las contribuciones voluntarias creando un arma, el poder tributario, y su bala, el tributo. De ahí en adelante, el Leviatán podía efectuar detracciones coactivas de la riqueza de las personas para financiar los servicios sociales. Se perdió la moralidad del voluntarismo, y la libertad del aporte consentido y selectivo. Pero claro, nosotros actuábamos en nombre del bien común, nos auto-adjudicábamos el título de bondadosos y solidarios redistribuidores de la riqueza. El servicio a la sociedad era algo demasiado importante para dejarlo librado a las especulaciones de los avaros y egoístas que no aportarían lo que debían. Era evidente, y sin embargo bajo la premisa del bien común no se notaba, que nos creíamos más que los súbditos, y no había igualdad ante la ley. Ocupábamos una posición de poder superior. Si un particular le quitaba algo a otro particular sin su consentimiento, nuestro derecho tipificaba a la acción como robo. En cambio, si uno de los nuestros le quitaba algo a uno de ellos sin su consentimiento, nuestro derecho calificaba a la cuestión como impuesto. Era un juego de amos y esclavos, pero no se daban cuenta. A todas luces se trataba de una relación de fuerza de nuestro aparato coercitivo sobre su propiedad, pero el vínculo indecoroso quedaba diluido y encubierto en nuestra explicación del principio de legalidad. Lo que hacíamos era legal, estaba regulado, y eso bastaba. No reparaban en que detrás de la ley, estaba la fuerza.  Horas de academia, millones en propaganda y bombardeos constantes de regulaciones, todo en nombre del bien común, habían formateado cabezas para obedecer, no para desafiar. Cada ley que promulgábamos, contaba con el respaldo de nuestro arsenal armamentístico apuntando directamente a la cabeza del ciudadano potencialmente conflictivo que no deseara someterse a las regulaciones en nombre del bien común. La farsa se calzaba su máscara, y era un Montesco no reconocido en el baile de los Capuleto. Nuestra estrategia era sumamente inteligente: nos metíamos con los mejores, y manteníamos de rehenes a los más débiles. Y para que la verdadera fuente del mal, nosotros, pasara desapercibida, enfrentábamos a los súbditos entre sí. A los pobres les decíamos que lo que en rigor les pertenecía a ellos, estaba de mala manera en manos de los ricos. Los alentábamos a exigirles una porción de la torta, y subsidiábamos por lo bajo sus embates violentos contra las fortunas ajenas. Nos aprovechábamos de las necesidades físicas de los pobres, y nos presentábamos como la solución: canalizábamos sus demandas mediante planes sociales, y financiábamos (con dinero previamente expoliado a ellos mismos mediante el impuesto) sus desmanes contra la “alta sociedad”. Asignaciones, seguros por desempleo, y demás prestaciones que dibujaban al Leviatán como generoso repartidor, servían para esconder el clientelismo y el mantenimiento de rehenes ad eternum en el limbo entre la pobreza absoluta y el deseado ascenso económico, con fines electorales non sanctos. A los ricos los utilizábamos y los explotábamos. Les pintábamos a los pobres como enemigos hambrientos que venían en búsqueda de su propiedad, y luego entregábamos nuestra tarjeta de ayuda: el servicio de policía, y el reconocimiento (meramente nominal) del derecho de propiedad, los protegería de los violentos y delincuentes. A su vez, nos apoderábamos de parte de su riqueza para redistribuirla entre los carenciados, bajo el pretexto de que eso contribuiría a mantenerlos calmos porque se acortaban las distancias sociales. Inventamos el principio de capacidad contributiva, mediante el cual recaudamos una fortuna inconmensurable para nuestras arcas: el que más tenía, más contribuía. La excusa era el reparto y el sostenimiento equitativo del gasto público; la razón era otra: demostrar nuestro poder penalizando al que más producía, castigando al que mejor le iba, asegurándonos una fuente de financiación formidable para nuestro ilimitado desembolso público. Algunos abrieron los ojos y nos acusaron de despilfarro. Acuñaron un término peyorativo para describir nuestras políticas: populismo. Poco nos importó y lo transformamos en un elogio. Éramos la voz del pueblo que actuaba por y para el pueblo. Lo popular era lo que nosotros hacíamos; lo que hacían los que estaban nuestra contra era egoísta, antipatriótico, antisocial. Como castigo por osar cuestionarnos, les aumentamos los impuestos y con lo que obtuvimos creamos un programa de televisión destinado a escracharlos y demolerlos ante los ojos del anestesiado televidente. Era el show de la perversidad: insultábamos valiéndonos del dinero de los insultados. Les quitábamos lo suyo y lo empleábamos como si fueran fondos nuestros para denigrarlos. Por supuesto, los desdibujábamos para el vulgo; en el fondo sabíamos que los seguíamos necesitando. Porque una cosa debe quedar en claro: nosotros los necesitábamos a ellos; ellos no nos necesitaban a nosotros. He aquí nuestra gran e imperdonable depravación. No éramos nada por nosotros mismos. Para dominar, necesitábamos seres dominables. Solos no teníamos valor, como un ordenamiento jurídico sin sujetos de derecho a quienes aplicársele. Nosotros constituíamos burocracia y regulación, no riqueza y producción; coerción y expoliación, no aquello a coercer y expoliar.  Sencillamente, no valíamos nada. No podíamos subsistir ni un mes por nuestros propios medios. Ellos, en cambio, eran la necesaria llave de nuestro triunfo, la imprescindible carnada a emplear en la pesca del poder. Ellos eran los productores, los grandes generadores de riqueza, los que proveían lo que la gente necesitaba y satisfacían desde las necesidades más básicas hasta los gustos más lujosos y opulentos. Los industriales, empresarios, hombres de negocios, comerciantes, genios creativos, los encargados de depositar cada vez más arriba a la humanidad y elevar los estándares de vida hacia niveles inimaginables. Sin sus creaciones, nosotros no teníamos qué repartir. Necesitábamos que en primera instancia crearan, y luego nosotros invocábamos el privilegio legal de la distribución “igualitaria”, “equitativa”, “solidaria”, y cualquier adjetivo pegajoso y fácilmente transformable en eslogan que se nos ocurriera para fortalecer al bien común. Pero como no podía ser de otra manera, la situación llegó a un límite y todo terminó. Nos tomamos la atribución de poder endeudarnos con plata ajena para solventar el gasto público, aumentamos las detracciones para paliar la situación, y cometimos el más grueso de los errores existenciales: no pensar. Creímos, evadiendo la realidad, que íbamos a poder sostener una política de déficit fiscal en paralelo a niveles récords de recaudación tributaria; todo para financiar nuestro ineficiente, corrupto e inmoral circo en nombre del bien común. Tarde, percibimos que la realidad nos cacheteaba. La riqueza no se crea firmando un decreto, al igual que los salarios no aumentan pasando una ley que lo ordene. Necesitábamos más riqueza, y ella ya no estaba. Nos dimos cuenta lo que habíamos hecho como hombres de derecho. Terminamos por destruir la fuente generadora de riqueza, abusando de la fuente generadora de poder. Liquidamos a los productores en la economía, fortaleciendo a los dominadores en el derecho. Con este estado de situación, el balance necesariamente iba a ser negativo: los dominadores eran los fuertes pero solo servían para regular; los creadores generaban riqueza pero eran los débiles. Había mucha ley, y pocos bienes. El bien común se los había tragado. Juan Bautista Alberdi había escrito que la riqueza exige de la ley que no le haga sombra. No le hicimos caso; le hicimos sombra a la riqueza, la sumimos en la oscuridad, y la destruimos, a ella y a sus creadores. Con esto la humanidad cayó. Miles de millones murieron presas de nuestra irracionalidad. Somos lo más malvado que ha visto el mundo. Manipulamos el derecho, traicionamos su propósito y naturaleza, y asesinamos a la humanidad. Termino de escribir esta carta, con la débil esperanza de que alguien todavía esté vivo y la lea. Si encuentras esto, tienes que saber que eres la clave para un futuro mejor. No repitas errores. No subordines el creador al parásito. Devuélvele al derecho el lugar que le corresponde y del que nunca debió salir: el de instrumento al servicio de la justicia. Destruye al poder tributario, elimina la coerción de las relaciones humanas, y permite que las voluntades se desplieguen en libertad. Este es el marco que necesita el renacimiento de la humanidad. No la condenes de nuevo, como hicimos nosotros, en el nombre del bien común.

viernes, 12 de septiembre de 2014

La épica del liberalismo

La épica del liberalismo
Ezequiel Eiben
23/8/2014


El liberalismo es demostradamente, y por mucho, el sistema político más eficiente de todos. Sirve en cualquier lado donde se lo prueba consistentemente y en la medida en que se lo aplica. Podemos citar muchísimas estadísticas y largar una catarata de datos para apoyar estas afirmaciones. Podemos mostrar gráficos y análisis que nos van a dar la razón una y otra vez. La libertad funciona, y es lo mejor para el ser humano. Sin embargo, hoy no estoy aquí para hablar de números en economía, ni trazar paralelismos en derecho comparado. No se malinterprete lo que voy a exponer a continuación como un desprecio a lo anteriormente mencionado. Aquello lo considero necesario, y le doy su lugar de importancia en la tarea de difundir los principios liberales. Pero no es lo único que considero necesario. Hay otras cosas que también son indispensables en aras de promover las ideas de la Libertad. En una batalla, abrir un frente no es excluyente de mantener abierto otro.
Hoy vengo a hablarles de algo que considero imperioso hacer: generar la épica del liberalismo. Darle al liberalismo el sentido de heroicidad que le corresponde.
La gente está malacostumbrada a formar filas sin chistar detrás de un líder carismático indiscutible cuyos designios son deber a cumplir. Así se forman las dictaduras: años de adoctrinamiento generan una masa acrítica, donde no se diferencian individuos con ideas propias sino que todo es un colectivo sin distinción que repite irreflexivamente consignas impuestas. Por encima del conglomerado, se encumbra al líder que encarna las voluntades y deseos del pueblo; un hombre legal y políticamente privilegiado que dirige a la gente a donde sea que le antoje, haciendo pasar su arbitrariedad por un plan iluminado para el bienestar general.
El liberalismo, en cambio, ofrece algo distinto. El exacto opuesto a lo dictatorial. No propone esclavizar a las personas poniéndoles un uniforme que no eligieron para luchar por una causa que no es de ellas. No propone reducir a un ser humano al status de una bestia salvaje. El liberalismo propone Libertad.
Las ideas de la Libertad hacen posible el florecimiento del individuo. Cada persona es potencialmente un héroe que puede realizar cosas grandiosas guiándose por su juicio crítico y sus habilidades. La Libertad es el marco propicio para el desarrollo personal, la independencia de criterio y el pensamiento sin ataduras. El liberalismo no impone una figura política que gobierna como un tirano al cual hay que adorar sin quejarse, en una falsa construcción de magnanimidad, más propia de un relato demagógico que de la realidad. En el liberalismo, cada persona es la soberana de sus propios intereses y gustos, y es libre de perseguir sus metas. Cada individuo puede ser un héroe cotidiano que vaya construyendo su vida, ganándose sus éxitos mediante su propio esfuerzo, y levantándose de sus derrotas mediante su propia determinación y perseverancia para buscar llegar más alto.
¿Pueden imaginarse una sociedad llena de héroes? Colmada de personas que defiendan lo que tienen bien ganado, y que colaboren en la defensa de lo que tienen los demás; individuos siempre dispuestos a enfrentarse al mal allí donde este surja. Una sociedad repleta de hombres libres, racionales, fuertes, honorables, que tengan al Bien como norte y a la Justicia como principio rector de sus relaciones. Una sociedad que respete el individualismo para que cada uno pueda efectuar sus propias iniciativas, y que permita el compañerismo cuando hombres libres quieran asociarse tras un objetivo en común.
La Libertad es un canto a lo mejor que tenemos. Es una oda a los más altos valores, los que pueden ser conseguidos en el contexto de paz y respeto que ella brinda.
Vale la pena luchar por la Libertad. Vale la pena luchar por lo que queremos, defender lo que tenemos, y buscar la grandeza. La gloria de la vida depende de cada uno de nosotros. Cada persona puede llegar a la gloria, ese lugar de realización personal y logro extraordinario. Las hazañas grandiosas, las epopeyas memorables, son posibles en este mundo. No son mera cuestión de cuentos fantásticos. La realidad lo permite. Pero para ello, nos exige un esfuerzo. Nuestra parte es conquistar la Libertad, usar nuestra razón y generar las condiciones para que el camino a la grandeza sea posible.
Luchar por ser libres es librar la batalla más digna que se puede dar, en el nombre de la causa más digna que se puede ostentar. Hay un héroe en cada uno de nosotros que puede surgir y prosperar. Nuestra lucha no es por esclavizar mentes, ni someter cuerpos, ni dirigir vidas, ni gastar patrimonios ajenos. Es una propuesta de liberación de la opresión estatista, de independencia ante las ataduras del colectivismo. Cada mente tiene un pensamiento que generar, cada corazón un latido que dar. Outro, música de M83, dice en su letra: “Enfrentando tempestades de polvo, lucharé hasta el final”. Tomando un mensaje así, haciendo de  la perseverancia una constante, allanaremos el camino a la Libertad.
Esta es la épica del liberalismo. Ideas de Libertad portadas por hombres independientes, que buscan vivir y dejar vivir. La épica de ser libres, y levantar las banderas de la Justicia frente a la esclavitud y la criminalidad.
Queremos ser libres. Queremos ser los héroes de nuestro propio camino, los dueños de nuestra propia vida. Es posible. Luchemos por ello. Vamos por la Libertad. 

Discurso presentado el 29/8/2014 en el Festival de Ideas LibreMente, en el Hotel Amerian, en Córdoba. El evento se realizó en conmemoración del natalicio de los pensadores liberales John Locke y Juan Bautista Alberdi. Fue organizado por Fundación Ayn Rand y Centro de Estudios Libre, dentro del marco de JAL (Jóvenes Argentinos Liberales), con el apoyo de la Fundación Friedrich Naumann. 

jueves, 3 de julio de 2014

Terrorismo y criminalidad con jerarquía de simbología nacional

Terrorismo y criminalidad con jerarquía de simbología nacional
Ezequiel Eiben
3/7/2014

La fusión entre el kirchnerismo y Madres de Plaza Mayo

El miércoles 2/7/2014 es otro día infame más para los impresentables políticos argentinos kirchneristas o funcionales al kirchnerismo. La cámara de diputados (hoy sí que ameritan ser escritos con minúscula) aprobó un proyecto para que el pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo sea declarado “emblema nacional argentino”. Con esto, en la jerarquía de la simbología nacional, el pañuelo se encontraría a la altura del Himno Nacional y la escarapela.
Explica Agustín Laje en su artículo “El pañuelo del terrorismo como símbolo patrio”:

Lo cierto es que el proyecto en cuestión no debe entenderse de manera aislada, sino como parte de un profundo proceso de estatización de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, iniciado tras el secreto pacto Kirchner-Bonafini del 26 de mayo de 2003 (…). En efecto, hace algunas semanas hablábamos de la estatización de la Universidad de las Madres; poco antes la polémica pasaba por el proyecto “Sueños Compartidos” de [Hebe de] Bonafini y [Sergio] Schoklender financiado por el Estado y, si nos vamos más atrás en el tiempo, podemos rememorar el salvataje económico que le dio el gobierno kirchnerista a la organización de las Madres a través de cheques millonarios emitidos por el Tesoro de la Nación y pauta oficial en el programa radial “La voz de las madres”[1].  

Desde hace largo rato el kirchnerismo hace cargar el peso de los simpatizantes y colaboradores del terrorismo sobre los hombros de todos, incluyendo los que no aprobamos sus ideas y prácticas deleznables. Este es un paso más en la imposición general de su componente ideológico.

El proyecto

El proyecto en sí provino del diputado kirchnerista Leonardo Grosso, un apologista del terrorismo setentista, para quien perpetrar atentados con bombas cuya explosión liquidan a inocentes constituye un acto honorable digno de recuerdo, homenaje y reivindicación. El diputado justificó la iniciativa en favor del pañuelo por ser un “tributo a los valores que el mismo universalmente representa en la lucha por memoria, verdad y justicia y el respeto a los Derechos Humanos”[2]. ¿Las consideraciones de nuestros diputados frente a semejante proyecto gestado por semejante personaje? 176 votos a favor, 7 en contra y 4 abstenciones. Así estamos; y mientras estos sigan estando donde están, así estaremos. Por si no se notó: solo 7 votos en contra.

Imposición de relato

Una cosa son madres buscando a sus hijos desaparecidos y reclamando justicia. Otra cosa es una organización compuesta por criminales defendiendo a otros criminales y reivindicando crímenes. Esto último constituye Madres de Plaza de Mayo bajo el dominio de Hebe de Bonafini, quien incluso tuvo enfrentamientos con la línea fundadora de la agrupación por desviar los motivos originales de su creación. Bonafini y Sergio Schoklender son criminales (por ejemplo, corrupción en el manejo de fondos estatales y cooperación con dictaduras la primera; parricida el segundo; defraudaciones los dos). Han defendido a otros criminales (tienen reclamos en favor de probados terroristas marxistas-leninistas). Han reivindicado crímenes (de las FARC, de Fidel Castro, de Al-Qaeda, de Montoneros)[3].
El relato kirchnerista hace pasar a la fundación de Bonafini como un ejemplo mundial de lucha por los derechos humanos, cuando en rigor los ha violado y ha defendido a quienes los violan. El pañuelo como símbolo es un avance en la estrategia oficialista de copar la cultura y tergiversar la realidad para que se adapte a su cuento.

La “oposición”   

La gran mayoría de los “opositores” (a esta altura a algunos ya casi suena ridículo llamarlos así) aprobó la iniciativa kirchnerista. Entre estos, se encuentran diputados del PRO, la que se creía en un tiempo que iba a ser (supuestamente) la fuerza política más enfrentada al gobierno nacional.
Políticos del Pro son funcionales a la tiranía kirchnerista con el propósito de estar en la vía de postulación para ser los herederos del país. Pareciera ser que están convencidos que siendo obsecuentes, políticamente correctos y acompañando cada vez más las locuras y maldades del oficialismo, pavimentan el camino hacia la salida elegante del kirchnerismo y la toma del poder por Mauricio Macri. Todos los que votaron en favor del pañuelo sanguinario, se han comportado como impresentables.
Si el kirchnerismo es anti-entidad (lo contrario a lo que una persona necesita para vivir bien), los diputados del Pro que votaron ayer son no-entidad, la nada misma, y asquerosamente serviciales al primero[4]. No votan con principios propios que se opongan indudablemente al kirchnerismo; siguen una conveniencia pragmática que le termina haciendo el juego. A estas personas, que la política se los saque de encima pronto y la historia los olvide rápido[5]. Son traidores: a su causa (supuestamente cambiar la Argentina) y a su gente (que los votó para enfrentar al kirchnerismo en la creencia de que eran una opción republicana de derecha). Y de última, si en verdad estaban convencidos moral e ideológicamente de lo que votaron, tengo una sugerencia: el sábado que viene, para alentar a la selección argentina en su partido contra Bélgica por la Copa del Mundo, además de la bandera y la camiseta, que no se olviden de lucir un pañuelo blanco. Que lo usen así les creemos que votaron por sus ideales y no por mera corrección política o esos “rumores esparcidos por malas lenguas” que andan diciendo que tienen un pacto con el kirchnerismo para ser los herederos del modelo.
Lo concreto es que este caso deja en claro que diputados no representan a la gente, sino que se representan a ellos mismos y a sus propios planes políticos de cara al traspaso del poder en 2015.

El kirchnerismo en la batalla de las ideas

Entrevistada en la Universidad de Michigan en 1961 por el profesor James McConnell, Ayn Rand expresó en relación al liderazgo en la cultura:

Los intelectuales profesionales son, en efecto, la infantería del ejército cuyo líder o comandante en jefe es el filósofo. El filósofo, el hombre que define las ideas básicas, fundamentales de una cultura, es el hombre que determina la historia. Y los intelectuales profesionales son todos aquellos cuyas profesiones tienen que ver con las humanidades, con el estudio del hombre, en contraste con las ciencias físicas. Los intelectuales profesionales, en todas sus variadas profesiones, le llevan al resto de la cultura, al resto de la sociedad, las premisas filosóficas, las ideas que han sido definidas por el filósofo. Por lo tanto ellos son las cintas transportadoras. Ellos son los que determinan los objetivos, los valores y la dirección de una cultura[6]. 

Podríamos decir, basándonos en las apreciaciones de la excelente filósofa, que a la cabeza de la cultura se encuentra el filósofo que elabora las ideas abstractas que funcionan como principios básicos y rectores de la cultura. Luego vienen los intelectuales, encargados de difundir, esparcir, traducir y hacer llegar al común de la gente estas ideas, en formatos asequibles a los variados grupos existentes en la sociedad. De acuerdo a este proceso, el tenor de la moralidad reinante y el rumbo cultural a seguir en la sociedad quedan determinados por estos hombres de ideas y humanidades.
Las ideas contrapuestas se encuentran en la arena del conflicto; se miden y disputan no solo razón, sino recepción. No solo hay que saber lo que se dice (y poderlo comprobar y ratificar en la realidad si se es intelectualmente honesto); hay que saberlo transmitir para que otros puedan sostenerlo desde su lugar. La batalla de las ideas es la lucha fundamental cuyo ganador asentará el tono de la cultura. Tal es su importancia; tal es su carácter de irrenunciable para los que pretendan una determinada dirección o modificación de fondo en la sociedad. El kirchnerismo está peleando y triunfando en esta batalla. Podemos tomar elementos de su acervo para graficarlo.
Un filósofo comandante en jefe del kirchnerismo ha sido Ernesto Laclau, encargado de elaborar y explicar en términos abstractos al populismo. El kirchnerismo difunde su modelo “nacional y popular” apelando a la demagogia, la exaltación nacionalista y el ensalzamiento del “pueblo argentino”, a través de un paquete de ideas y técnicas proveniente del populismo. Para Laclau, el pueblo “es algo menos que la totalidad de los miembros de la comunidad: es un componente parcial que aspira, sin embargo, a ser concebido como la única totalidad legítima”[7]. En base a esto, el kirchnerismo, que simplemente es una parcialidad política, en medio de muchas otras, al hablar atribuyéndose “la voz del pueblo” y pretender encarnar sus intereses, se postula a sí mismo como la totalidad de la Argentina. Su modelo es “para todos y todas”, es nacional (incluye a toda la nación), es popular (incluye a todo el pueblo), es inclusivo (no deja a nadie afuera) y siempre beneficia “a los 40 millones de argentinos y argentinas” (a todos y cada uno de los ciudadanos). Es verdad que un político electo gobierna para todos y no solo para quienes lo votaron, pero el kirchnerismo no se reduce a eso: el kirchnerismo pretende mostrarse como la totalidad ideológica de los electores. Siguiendo esta línea, si al kirchnerismo se le antoja que un símbolo que representa solo a determinados sectores de la sociedad (en este caso un pañuelo blanco), debe hacerse pasar como un símbolo representativo de todos (de todos los que componen Argentina), elabora un proyecto de ley para que dicho símbolo adquiera el status de símbolo patrio.
Un intelectual del kirchnerismo, difusor de mentiras, errores y maldades en masa, ha sido José Pablo Feinmann[8]. En su función de promoción de ideas y valores en periódicos, libros y televisión, sirvió como cinta transportadora de la estrategia populista consistente en hacer pasar a una parte por el todo. Lo explicado por Laclau en términos de academia, Feinmann lo baja a lenguaje más asequible (no exento de rebuscadas expresiones) y lo concretiza en una causa particular: el símbolo del pañuelo en la bandera argentina. Escribió en un artículo para el diario oficialista Página 12:

¿Qué proponer entonces? Otra bandera. Vamos de a poco. Estamos en busca de los símbolos nacionales que signifiquen algo para nosotros hoy. Porque HOY es que hay que librar la ardua lucha (hegemónicamente cultural) de la identidad de este territorio que habitamos. Si alguien quiere conservar la azul y blanca y si –más aún– la quiere conservar con ese sol en el centro, ese sol enceguecedor que identifica a la bandera como bandera de guerra, que la conserve. Pero para los actos militares o, a lo sumo, para algunos protocolos oficiales. Aquí, desde estas líneas, tenemos una propuesta que debiera ser casi inapelable. El único símbolo nacional glorioso, universalmente aceptado, honrado e incorporado por otros países como símbolo de la más pura de las luchas, la de lucha por los derechos humanos es el pañuelo de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Para este siglo XXI, para esta lucha de hoy contra la globalización del Uno Imperial [Estados Unidos], necesitamos otra bandera. Que sea azul y que sea blanca, como la anterior. De acuerdo. Pero le sacamos ese sol de la guerra y ahí, en ese lugar, reemplazándolo, ponemos el pañuelo blanco de las Madres y la Abuelas, el pañuelo de la paz, el de la vida, el de nuestro más genuino, verdadero orgullo[9].           

A sabiendas de que hay círculos en Argentina (liberales, republicanos, derechistas, por citar algunos) que rechazan enfáticamente el accionar de las Madres de Plaza de Mayo, Feinmann se da la altura suficiente como para decir que su propuesta del pañuelo para la bandera debe ser casi inapelable. El populismo, en este caso el kirchnerismo, por más que en la realidad sea una parcialidad, en la construcción del relato se avizora como la totalidad. El pañuelo es lo más genuino de la argentinidad, motivo de orgullo de todos y símbolo que debe incorporarse a un instrumento identificativo tan grande como la bandera nacional.
¿Qué viene después de que el filósofo establezca la premisa fundamental y el intelectual la concretice en causas y eslóganes difundidos para luchar por su consecución? Políticos que elaboran y aprueban un proyecto de ley que refleja estas ideas, y sectores de la sociedad que alaban la iniciativa con justificaciones populistas, aprendidas de la mano de hombres de ideas y humanidades de la misma calaña que Laclau y Feinmann[10].

Presentar combate al kirchnerismo

Hay que presentarle combate al kirchnerismo en el terreno de las ideas. Sino, su populismo seguirá avanzando como hasta ahora, y más simbología terrorista y criminal será impuesta en lo social por el relato y en lo jurídico por leyes del congreso.
Se debe dejar en claro que los símbolos nacionales argentinos (escudo, bandera, himno) obedecen a la historia fundacional y al camino transitado por el país, reflejan hechos y circunstancias trascendentales y de profundo significado en relación a las raíces, y remontan a la obra de próceres constructores de la patria. El debate sobre si debieran o no existir símbolos nacionales oficiales, es otro tema. Pero si se los va a tener, estos tienen que corresponderse con un parámetro racional e históricamente acorde, y no ser relativizados legalmente al agregarse a la misma altura simbología terrorista y criminal particular.
Los símbolos nacionales representan un proyecto en conjunto de país y evocan un pasado y desarrollo histórico en común; mientras que el pañuelo blanco (en los hechos manchado de sangre) refleja un reclamo particular de un sector de la sociedad con el cual, de paso, mucha gente no está de acuerdo, y no remite a una gesta histórica fundacional del país, sino a la defensa de lo peor. Ni siquiera hay amplio consenso social o mayoría social garantizada para proceder a declarar al pañuelo símbolo nacional. El solo hecho que los diputados obsecuentes y tergiversadores de la realidad (que cuando quieren hacen oídos sordos a la gente que los puso ahí y siguen la senda de su propia conveniencia política), hayan encontrado tamaña resistencia a sus aspiraciones, como una rápida pasada por las redes sociales y las opiniones en la calle demuestra con sencillez, ya es un indicador que ellos no son representativos de muchos (incluyendo quienes los votaron), y que el símbolo en cuestión no es representativo de la Argentina en su conjunto como para ser declarado nacional.
Las fuerzas liberales de la República deben estar atentas para repudiar este nuevo embate del populismo kirchnerista. No pueden permitir que un país fundado sobre ideas de libertad y trabajo sea de ahora en más identificado en su simbología con criminalidad y parasitismo. Incluso aquellos liberales que no son nacionalistas, que ante el suceso manifiestan desinterés porque la simbología nacional no los identifica, deberían estar interesados en presentar aquí batalla en el terreno de las ideas. Aun siendo auto-declarados “no nacionalistas” y estando en contra de  la simbología nacional, pueden aportar para que las expresiones nacionalistas ya existentes no se vuelvan peores a sus ojos y para que la simbología por lo menos refleje un mínimo de cordura y no sea manchada con símbolos completamente perversos, o por lo menos, peores según su criterio. No creo que les dé lo mismo enviar a sus hijos a un colegio donde se iza una bandera celeste y blanca y en fecha patria se coloca una escarapela, que enviar a sus hijos a un colegio donde se iza una bandera con el símbolo del pañuelo y en fecha patria además de escarapela se luce en la cabeza el famoso pañuelo. Y hablamos de pañuelo, porque hoy son los nacionalpopulistas los que están ganando la batalla cultural. Mañana pueden ser marxistas leninistas más directos que las Madres que intenten imponer como simbología el martillo y la hoz. O pueden ser nacionalsocialistas que, en medio de un entorno colectivista ganado a los liberales por omisión de estos últimos, impongan la esvástica. Como se ve, hasta alguien que no sea nacionalista puede encontrar un interés en luchar contra el kirchnerismo en este tema.

Conclusión

De todo lo expresado, se desprende la obvia conclusión de repudiar y trabajar para detener otro avance más del relato kirchnerista que trastoca las raíces fundacionales del país, manosea la historia, pervierte la simbología y tergiversa la realidad de los hechos. El pañuelo manchado de sangre que carga con crímenes y posiciones inmorales varias en su historial, no debe ser aceptado como símbolo nacional.       




[1] El pañuelo del terrorismo como símbolo patrio – Por Agustín Laje
[2] La Cámpora lo hizo: El pañuelo de las Madres sería declarado “emblema nacional”
http://www.urgente24.com/228400-la-campora-lo-hizo-el-panuelo-de-las-madres-seria-declarado-%E2%80%9Cemblema-nacional%E2%80%9D
[3] Para profundizar, leer: Márquez, Nicolás; Laje, Agustín; Cuando el relato es una farsa, Contracultura.
[4] Esta reflexión con connotaciones metafísicas me la inspiró un artículo de Leonard Peikoff, “Por qué votaré a Romney”, en el cual analiza en modo similar a los candidatos a las elecciones presidenciales de 2012 en Estados Unidos, Mitt Romney y Barak Obama. Escribe Peikoff: “La opción política en noviembre [de 2012] es: “no-entidad” contra “anti-entidad”. O: un hombre que no es nada contra un hombre que quiere producir “nadas” de forma masiva. Esto, a mi juicio, es una razón incontestable para votar por Romney, no importa cuál sea la naturaleza o la cantidad de sus defectos. (…)”.
Ver: USA 2012: “no-entidad” contra “anti-entidad”
http://objetivismo.org/usa-2012-no-entidad-contra-anti-entidad/
[5] En el sentido de que no los elijan más; no en referencia a olvidar el daño que hacen, el cual hay que tenerlo presente para juzgarlos.
[6] Ayn Rand: El Nuevo Intelectual [1 de 4]
[7] Laclau, Ernesto; La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2013, p. 107-108. Citado en: La amenaza populista – Agustín Laje. Puede leerse en: www.caminosdelalibertad.com
[8] También hace filosofía (mala para mi gusto), pero aquí lo tomaremos en su rol de intelectual difusor.
[9] Una bandera para el siglo XXI - José Pablo Feinmann
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-28171.html
[10] No seguí un orden cronológico de aparición de las obras tomadas como ejemplo para ilustrar el proceso. De hecho, el artículo de Feinmann fue publicado antes que el libro de Laclau. Se los toma aquí a modo ejemplificativo por ser los dos hombres de referencia kirchnerista, y teniendo en cuenta que el clima de las ideas populistas ya estaba ampliamente difundido y en gran medida aceptado en Latinoamérica cuando Feinmann escribió su nota, reflejando que maneja y se nutre de nociones abstractas desarrolladas también por otros autores de similar pensamiento.